lunes, 6 de julio de 2009

CUANDO LA PALABRA SUSTITUYE.

UNA MIRADA A LAS RELACIONES ENTRE LITERATURA Y

FILOSOFÍA.

“Uno es su lengua.”

Álvaro Mutis.

La dialéctica de amor y odio que se instaura entre la filosofía y la literatura se remonta dentro de una historia de las ideas a la caverna platónica. Todo nos indica que antes de la triada famosa constituida por Sócrates, Platón y Aristóteles tanto la reflexión filosófica como la preocupación por el lenguaje y sus aplicaciones hacían parte del mismo conjunto discursivo, los sofistas, quienes entre otras cosas no han quedado muy bien parados en esa historia de las ideas a la que nos referíamos, hacían énfasis en la importancia de lo que debía producir en el auditorio la intencionalidad del discurso más que en el carácter de veracidad del mismo; recuérdese que muchos de ellos que eran grandes juristas se quejaron, cuando les quitaron el público de los juzgados, de no tener quien les escuchara.

A pesar de que los sofistas se movían en la concepción del Logos como narración fue con Platón, el poeta Platón que al conocer a Sócrates quemó sus versos y dramas, que se comenzaron a separar estos dos ámbitos. Cuando el fundador del gimnasio de Akademos le otorga a la verdad carácter esencialista, universal y lógico y logra separarlo radicalmente del Mitos y del epos, toda la tradición de la literatura oral y sus rituales religiosos mistéricos perdieron todas “sus resonancias semánticas y las reacciones anímicas”[1] que producían. Esto Nietzsche lo ve de manera clara en su texto: “Cómo el “mundo verdadero” acabó convirtiéndose en una fábula. Historia de un error”, cuando en el primer aforismo nos plantea:

1. El mundo verdadero, asequible al sabio, al piadoso, al virtuoso, -él vive en ese mundo, es ese mundo.

(La forma más antigua de la Idea, relativamente inteligente, simple, convincente. Trascripción de la tesis «yo, Platón, soy la verdad»)[2].

Como se puede ver el alemán está haciendo énfasis en como la verdad se confundió con la persona, lo que planteó Platón es lo verdadero y por consiguiente universal, en este sentido es que la escolástica cristiana enseñó durante muchos siglos que la filosofía es la ciencia que estudia las causas últimas de los seres, es decir, con Platón se inicia la era de los esencialistas; vale la pena rememorar en este punto como en “La república” el filósofo afirma que a la polis solo le interesa el poeta que le cante a la verdad, verdad como ya vimos, planteada por él.

Aunque a Platón la verdad como valor universal le preocupa enormemente, al arte en general y la literatura en particular, esa verdad como la plantea el ateniense no le ocupa; toda obra de arte comporta su carácter alético en si misma. En el caso propio de la literatura es interesante observar como los formalistas rusos en la década del veinte se hacen la pregunta: ¿Qué es la literatura? Para luego responder diciendo, que es aquello que posea literariedad o literaturiedad, y esta a su vez se caracteriza por cuatro aspectos: la verosimilitud, la plurisignificación, la autonomía semántica y que se cuente una historia. Como se observa la preocupación de la literatura es lo verosímil, es decir, aquello que es similar a la verdad más no la verdad en sí, como universal. Esto mismo va a llevar a estructuralistas como Roland Barthes a afirmar que la literatura se explica con literatura, toda vez, que la verdad de la obra literaria se encuentra en ella misma. Por esta razón, entre otras, la poesía fue uno de los ámbitos que se resistió al proceso de universalizar y por consiguiente de esencializar a occidente.

Tenemos pues, dos etapas de esta dialéctica; la primera de ellas amorosa donde convivían lo literario y lo filosófico sin mayores inconvenientes y una segunda inaugurada por Platón y afianzada por el cristianismo en el que se separan lo mítico, mistérico, ritual y narrativo del Logos platónico. No obstante de un tiempo para acá esta distancia se ha venido acortando. Esta nuevo enamoramiento tiene sus primeros coqueteos en los albores del romanticismo alemán, en el texto: “El más temprano programa del sistema del idealismo alemán” escrito en 1796 y atribuido a Hölderlin, leemos:

“El filósofo debe poseer tanta fuerza estética como el poeta. Los hombres sin sentido estético son nuestros filósofos de letra. La filosofía del espíritu es una filosofía estética… La poesía adquiere así una dignidad más alta, será al final lo que fue al comienzo – maestra de la humanidad; pues ya no hay filosofía, ya no hay historia algunas, solo la poesía sobrevivirá a todas las demás ciencias y artes”[3]

Se puede notar cual es la pretensión de este sistema. Además para nadie es secreto el acercamiento del poeta con la filosofía y su amistad con Schelling quien en su “Sistema” de 1800 dio preeminencia al arte sobre la filosofía. Por otro lado y a diferencia del alemán, que había llegado al terreno filosófico por desazón frente a su existencia, el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge llega a ella por educación. Conoce a los neoplatónicos, la filosofía alemana y la filosofía inglesa; “tuvo, al parecer, un conocimiento detallado de la filosofía… se movía en su historia con una seguridad y soltura que no tuvo Hölderlin.”[4] Nos damos cuenta entonces como en el romanticismo, en tanto sistema, se comienza a dar este acercamiento de que venimos hablando en la medida en que como lo propuso Friedrich Von Hardenberg, Novalis, se pretende la poetización de la filosofía o la filosofización de la poesía.

Este segundo enamoramiento alcaza especial intensidad con la aparición de los que Ricoer denominó, los maestros de la sospecha: Freud quien demuestra que la conciencia no está al margen del instinto, Marx que deja claro que no se piensa aislado de su época y Nietzsche que nos regala el concepto de genealogía y de que la moral es idiosincrática. Este último es bastante interesante en la medida en que en la mayoría de sus escritos, recursos literarios como la metáfora y la ironía juegan un papel fundamental, además dentro de la prosa poética es ejemplo paradigmático sus textos de contenido filosófico y estético “Los ditirambos de Dionysos.”

Aunque lo filósofos han utilizado recursos literarios para expresar sus pensamientos y certezas; Platón para explicar la dialéctica de las ideas se ingenia el tophos uranos y escribe la famosa historia del cochero y los caballos, el mismo Hegel, que planteo la superación de la poesía por la filosofía, para hacer más intuible el drama de la conciencia desdichada inventa la historia(el mito) del amo y el esclavo; Schopenhauer, que es quien propone el concepto del conocimiento puro, dice que el sujeto del conocimiento puro por excelencia es el melófilo, ni siquiera el músico y así podemos seguir hasta los filósofos existencialistas que se vieron forzados a completar sus tratados con novelas y obras de teatro, véase solamente a Sartre con “La puta respetuosa, la nausea,” entre otras o Albert Camus con “El extranjero” y “El primer hombre”. Es en la primera mitad del siglo XX con el denominado giro lingüístico y sus planteamientos, cuando la influencia de la reflexión literaria y el lenguaje en la disertación filosófica van a tomar especial relevancia.

A partir de afirmaciones como: “No existen los hechos sino interpretaciones” de Nietzsche y los aportes de Heidegger sobre que no existe texto fuera de contexto, incluso la misma discusión sobre el discurso, como la de Foucault, allanan el camino para toda la reflexión que en el siglo XX se dará entorno al problema del lenguaje, el siglo pasado fue el de la reflexión lingüística. Es Gustave Berman quien va acuñar la expresión giro lingüístico con respecto a ciertos planteamientos alrededor del par pensamiento-lenguaje. Esto nos llevara a plantear que es el hombre quien reflexiona a partir de su léxico y no al contrario. El segundo Wittgenstein nos dirá que las palabras no tienen definiciones sino usos y que un nombre común es un apodo compartido. En lingüística la obra de Austin: “Como hacer cosas con palabras” abrirá de par en par las puertas de una visión pragmática del lenguaje en la medida que nos aclarará que no existen los enunciados o una serie de proposiciones lógicas sino actos de habla con fuerzas ilocutivas y perlocutivas, y dará lugar a actuales planteamientos como los de los Profesores, Frans Van Eemeren y Bart Garssen de la Universidad de Ámsterdam y su modelo argumentativo de la pragmadialéctica. Todo lo anterior propone una serie de consecuencias para todos aquellos que deben vérselas con el lenguaje en su quehacer cotidiano, incluso el proceso normal de apalabramiento de la realidad por parte de cualquier persona tendrá otras implicaciones en la medida en que nosotros no hablamos, sino por el contrario, es el habla la que nos habla, es más, en muchos casos es nuestra gramática particular la que se expresa por nosotros y a ella debemos muchos aspectos de nuestra cultura particular.

Con la aparición de estas reflexiones se da por superada la pretensión de un discurso apodíctico, que fuera capaz de dar cuenta de absolutamente todas las categorías de lo real y fuera necesariamente válido para toda circunstancia. Esta superación de un orden determinado de creencias nos pondrá de hecho en un momento post-metafísico

Este giro es el fin de la metafísica es decir, del ojo de Dios, de la objetividad, del metalenguaje y de toda descripción privilegiada del ser. Si no hay modo de superar el lenguaje para alcanzar el objeto como es en sí, no solo el ser que puede ser comprendido es el lenguaje, sino que el terreno del lenguaje es el mismo un terreno a interpretar, por cuanto en él propiamente no existen hechos sino sólo enunciados verdaderos.[5]

Como se puede notar, el profesor Zabala, nos indica aquí, como la reflexión privilegiada sobre los seres ha dado paso a la reflexión sobre el lenguaje, por esto: “La metafísica se acaba con el giro lingüístico porque la aclaración de las cosas deja lugar a la aclaración de las palabras y de su disposición en los discursos humanos”[6] es así como en la actualidad para filósofos como Ernst Tugendaht la ontología se convierte en una semántica formal, es decir, una teoría del significado de palabras y términos singulares; en otras palabras se nos plantea que el significado de un lexema no es otro que su uso en el lenguaje. Entendemos ahora como comprender una cosa no es diferente a poder decir algo sobre ella, it est, poder apalabrar mi realidad para de alguna manera parcelar el horizonte de sentido de la misma. En este orden de ideas se debe mencionar que si la ontología se transformó en una semántica, ya no lexical como se pretendió en los inicios de esta disciplina lingüística, sino como la reflexión que da cuenta de los procesos de producción de significado y de sentido; la pregunta por antonomasia no será ya ¿Qué es el ser en cuanto ser? Sino por el contrario ¿Qué significa comprender un enunciado? O como lo planteara el maestro Baena Zapata ¿Qué significa significar?

Partiendo de lo anterior se puede afirmar que: “El estatuto ontológico de los objetos tras el giro lingüístico reposa sobre una conciencia proposicional, es decir, sobre una relación consciente no con los objetos, sino con las proposiciones”[7], palabras más palabras menos lo que se viene a proponer con el giro lingüístico es que la conciencia del ser humano es el lenguaje, lo que dicho sea de paso, la literatura ha intuido desde antiguo. En este momento del escrito, creemos que para cualquiera es evidente las implicaciones que el denominado giro lingüístico propone para todos aquellos que trabajan directamente con el lenguaje, veamos algunas.

La primera de ellas tiene que ver con la interpretación de los textos literarios, ya que si comprender algo es poderlo apalabrar, el acento del proceso interpretativo del objeto estético-literario no se ubicaría dentro del camino esencialista de hallar la literariedad del escrito o de identificar en él una serie de estructuras y características, sino por el contrario, se le apuesta a la interacción del lector con el texto, es decir, a la variedad de resonancias semánticas y reacciones anímicas que el discurso literario pueda suscitar en quien lo lee. Ya lo había visto Georgias, el sofista, cuando planteó que el discurso no convence sino que sintoniza con una pasión, al igual que Borges cuando afirmó que él no enseñaba literatura sino que transmitía una pasión por ella. Esto nos pone frente a la necesidad de rescatar el sentido subjetivo y lúdico del discurso literario, así como el sentido terapéutico del narrar presente en muchas culturas. En última instancia se trata de abogar por el rescate de la dimensión poiética del logos, en la medida en que, parodiando a Austin, se pueden hacer cosas con palabras.

Una segunda implicación no menos importante es la concerniente a la no neutralidad del lenguaje y dentro del lenguaje, hemos de decir que tampoco los léxicos y la gramáticas son neutrales, es más, como lo dijo Kuhn un paradigma es un léxico. En verdad la mayor parte lo que el ser humano llama realidad[8] es del orden de lo lingüístico. Uno es su léxico, en él habitamos, nos movemos y existimos. Por esto es que gran parte de nuestras relaciones se construyen con el tiempo, es decir en la medida en que construimos con el otro un contexto lingüístico en el cual nos podamos comprender. De igual manera sucede con las palabras que utilizamos en ciertos contextos donde nos movemos; por ejemplo en el ámbito de la educación básica y media el utilizar términos como: competencia, desempeño, metacognición o inclusión, acreditan y de cierta manera son marca registrada de conocimiento por parte del emisor. Esta singularidad de nuestro léxico hace necesaria la plena conciencia de la lengua y si existe alguna disciplina que nos ayude a hacernos consientes de las palabras es la literatura, en particular la poesía, aunque la narrativa también lo hace. El poeta, el escritor y el buen lector son por excelencia los guardianes de las palabras y de la biografía de cada una de ellas; ya que ellas de igual manera poseen un devenir particular, por eso es necesario y hasta imperativo para el hombre letrado hacerles “aduana”, estrujarlas, dominarlas, partirlas para ver que hay dentro.

Permítasenos ilustrar esta conciencia de la palabra que despierta la literatura en quien es su asiduo visitante con una anécdota. En alguna ocasión Cabrera Infante junto con su esposa visitaron a Lino Novás Calvo, uno de los cuentistas latinoamericanos más importantes, aunque de los menos leídos, en el momento de la visita el gallego de nacimiento y cubano por adopción había sufrido una embolia, un derrame y sucesivas hemorragias cerebrales que le restringían mucho el habla. Esta es la historia:

“Conversamos con Herminia, la esposa de Novás Calvo, patética interprete, haciendo llegar a Lino nuestras preguntas por el método de la repetición en eco y alzar la voz. En un momento Inusitado me vi hablando con Lino directamente - Infante se refiere a él- y le conté la historia del nuevo encuentro con la “luna nona”. No parecía tener idea de lo que era Cuba, y por supuesto no sabía nada de lunas, nonas, o no. Le mencioné de pasada una de sus obras maestras. “Angusola y sus cuchillos”. Lino me corrigió en seguida. “Y los cuchillos. Los”. Todos se sorprendieron de ese súbito despertar de su hibernación. O no todos. Yo había visto es esta corrección surgir la naturaleza, segunda o primera, pero siempre verbal, del escritor por el laberinto de la mente extraviada. Lino había demostrado que hasta ahora, en sus setenta años largos, a pesar de la embolia y los derrames cerebrales, pese a la metódica y casi malvada destrucción de su mente por su cuerpo, su memoria de escritor estaba intacta. Pero es que para un escritor una palabra es siempre más que una palabra. Para él era ahora el pasado Novás Calvo creador irrumpiendo en el presente limbo de Lino”[9]

Nos parece que esta historia expone de manera particular como se debe tener, no solo conciencia del lenguaje sino de la palabra particular, tanto la oral como la escrita. Pasemos ahora a las implicaciones que trae consigo la afirmación de la no neutralidad de la gramática. En la medida en que una gramática pretende dar cuenta de la configuración lógica de una lengua natural, véase por ejemplo la gramática de Andrés bello, en esa medida afecta nuestra manera de ver el mundo, de reflexionar nuestra realidad.

Ejemplo de esto lo podemos observar en fenómenos como el de la tendencia a la sustantivización presente en la mayoría de las lenguas indoeuropeas. Al concebir, dentro de nuestras gramáticas a la categoría sustantivo como la `palabra que designa cosas, personas o animales, estamos afirmando, de cierta manera, que el nombre es una materialidad; sin embargo algunos sustantivos como topología, filosofía y literatura, no existen de manera concreta, esto hace que aquello que designan lo pensemos como materialidad concreta, lo cual en la práctica no es factible, ya que al menos en las dos últimas existen de manera concreta solo filósofos y escritores.

Que la gramática no es neutral lo vemos de manera más clara en el acercamiento que Heidegger realiza al verbo ser (sein) como verbo copulativo. En la mayoría de las lenguas de nuestra familia el verbo ser es una especie de fantasma, en la medida en que creemos que solo está allí para unir dos elementos diferentes dentro de la estructura sintáctica. No obstante el filósofo alemán demuestra como ese verbo ser no es transparente sino que cumple con la función de transmitir la idea de esencia del sustantivo del que amplía la información. Cuando decimos la rosa es roja, pensamos que la rojez es inherente a la rosa, pero en realidad no lo es, toda vez, que lo rojo es inherente a la rosa solo si dicha rosa es roja. Ahora bien, esto lo realiza Heidegger con el Alemán; en Francés e Inglés es algo más complejo siempre y cuando en estas lenguas existe un mismo verbo para ser y estar, no así en Español, para nosotros es dable entender que no es lo mismo decir: “El clima es bueno” que decir: “El clima está bueno”. En este punto aparece un aspecto interesante dentro de la relación literatura – filosofía, porque es factible que sea debido a esta distinción existente en nuestra lengua que la mayoría de la filosofía hispanoamericana se debe o se pueda rastrear en su literatura y no nos referimos solo a Ortega y Gasset, o Julián Marías, o Unamuno, o María Zambrano, o Del Valle Inclán, sino incluso más atrás con el carácter existencialista del segundo monologo de Segismundo en “La vida es sueño” de De la Barca o la reflexión en torno a la imposibilidad de la existencia en “Coplas a la muerte de mi padre” de Jorge Manrique. Pero esto solo lo dejaremos indicado, en cuanto pensamos que solo este punto sería motivo de otra reflexión o investigación inclusive.

Quien estas líneas pergeña piensa que con las reflexiones aquí planteadas se responde, aunque no de manera exhaustiva y explícita, los interrogantes planteados por el profesor en el seminario, al menos si se proponen senderos de sentidos otros frente al quehacer frente al lenguaje, la literatura y su relación con la filosofía. Solo nos resta hacer nuestras las palabras del poeta alemán Gottfried Benn: “En el principio era la palabra y no el parloteo, y al final no será la propaganda sino de nuevo la palabra”.[10]

BIBLIOGRAFÍA.

v ARGÜELLO, Rodrigo. Los destinos de la palabra. Editorial Magisterio. Bogotá, 2007.

v GUTIÉRREZ GIRARDOT, Rafael. Jorge Luis Borges. El gusto de ser modesto. Editorial Panamericana. Bogotá 1998.

v ____________________________. Tradición y Ruptura. Editorial Debate. Bogotá 2006.

v LAKOFF, George y JHONSON, Marc. Metáforas de la vida cotidiana. Editorial Crítica. Madrid.

v NIETZSCHE, Federico. El crepúsculo de los Ídolos. Editorial Alianza. Madrid.

v SERNA ARANGO, Julián. Somos tiempo. Crítica a la simplificación del tiempo en occidente. Editorial Anthropos. Barcelona 2009.

v ZABALA, Santiago. ¿Qué significa pensar tras el giro lingüístico? la filosofía de Ernst Tugendhat. En: www.e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:20571&dsID=que_significa_pensar.pdf -. Consultado el 18 de mayo de 2009.



[1] SERNA ARANGO, Julián. Somos tiempo. Editorial Anthropos. Barcelona 2009. P. 11.

[2] NIETZSCHE, Federico. El crepúsculo de los ídolos. Editorial Alianza. Madrid.

[3] Citado por: GUTIÉRREZ GIRARDOT, Rafael. Poesía y Filosofía. En: Tradición y Ruptura. Editorial Debate. Bogotá 2006. P. 110.

[4] IBID. P. 122.

[5] ZABALA, Santiago. ¿Qué significa pensar tras el giro lingüístico? la filosofía de Ernst Tugendhat. En: www.e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:20571&dsID=que_significa_pensar.pdf -. Consultado el 18 de mayo de 2009.

[6] IBID. P. 622.

[7] IBID. P. 636.

[8] Tomamos aquí la diferenciación que Roman Gubern sostiene en su texto: “La mirada opulenta: Exploración de la iconosfera contemporánea” sobre que por lo real entendemos todo aquello que existe sin la intervención directa o no del ser humano; mientras que la realidad es todo lo que existe por intervención nuestra. En este sentido nuestro universo es mayormente sígnico y simbólico. Si tenemos en cuenta que gran parte de estos signos son lingüísticos no nos parece descabellado afirmar que nuestro universo es eminentemente apalabrado.

[9] Citado por: ARGÜELLO, Rodrigo. Los destinos de la palabra. Editorial Magisterio. Bogotá, 2007. P. 55.

[10] IBID. P. 5.

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