jueves, 29 de octubre de 2009

EL VIAJE: ARQUETIPO, SÍMBOLO Y CRONOTOPO EN “LA CENIZA DEL LIBERTADOR” DE FERNANDO CRUZ KRONFLY.

“Nuestras vidas son los ríos

Que van a dar en la mar

Que es el morir:

Allí van los señoríos

Derechos a se acabar

Y consumir…”

Jorge Manrique

“Y cuando llegue el día del último viaje,

Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

Me encontrareis a bordo ligero de equipaje,

Casi desnudo, como los hijos de la mar.”

Antonio Machado.


Entre 1302 y 1307 Dante escribe “Il convivio”, uno de los primeros ensayos en occidente sobre la lectura, en esta obra el florentino expone cuatro posibles modos de interpretar una obra literaria, es decir, posibles lecturas. La literal, la alegórica, la moral y la anagógica. Esto lo planteaba el autor de una de las obras sobre el viaje, más famosas que bajo este cielo ha habido. Vemos que desde el comienzo del siglo XIV se consideraba un nivel alegórico, simbólico, de la obra estética literaria. Es este nivel de lectura el que nos interesa en las presentes líneas, toda vez que consideramos que es el símbolo y el manejo que se le da al mismo dentro de la obra en cuestión lo que, entre otras características, dan a esta novela una especial estatura literaria.

Ahora bien, para adentrarnos en la realidad simbólica de esta obra es necesario que tengamos en cuenta algunos conceptos teóricos que nos indicarán caminos de sentido en nuestra indagación. El primero de ellos es el de arquetipo, que en este caso lo definiremos de la mano del profesor Jean Chevalier, quien nos dice: “Los arquetipos serían… prototipos de conjuntos simbólicos, tan profundamente inscritos en el inconsciente que constituirían una estructura… están dentro del alma humana como modelos preformados, ordenados y ordenadores.”[1]

En este sentido de ordenados y sobre todo, de ordenadores es que nos encontramos en “La ceniza del libertador”, al viaje como el gran arquetipo. La novela comienza con una frase a la vez lapidaria y esclarecedora de la condición de viajero de su protagonista: “Su excelencia ha decidido partir para siempre.”[2] De esta manera el viaje comienza a proponérsenos dentro de la obra como la gran tematización que articula dentro de sí, múltiples realidades simbólicas, como veremos más adelante. Por ahora, darnos cuenta de la realidad arquetípica del viaje dentro de la novela nos permite comentar la estatura intelectual de su autor.

El viaje como motivo literario en occidente, se puede rastrear desde el libro del éxodo, en el cual el pueblo de Israel viaja durante cuarenta años en el desierto hasta encontrar la tierra prometida. Dentro de la cultura greco-latina tenemos más de un referente: Odiseo, Jasón y los argonautas, Eneas, la muerte misma era entendida como un viaje al Hades, no obstante antes de entrar en él se debía cruzar el río Estigia en la barca de Caronte, conductor ciego, por demás. Finalmente encontramos a Orfeo y los rituales que de este mito se desprenden en las sectas gnósticas de los primeros siglos de nuestra era común. Vemos en estos ejemplos la línea y raigambre literaria en las que este escritor de Buga, entronca su novela.

Como dijimos anteriormente y para entrar en materia, el viaje es el gran arquetipo de la novela. El mismo autor en entrevista concedida al profesor Orlando Mejía para la edición aquí comentada afirma que “la metáfora que más se acerca a la realidad de la vida humana es la del viaje” (P. 43). El texto es rico en marcas textuales sobre el viaje, constantemente el protagonista está repitiendo: “Vámonos, vámonos muchachos que aquí nadie nos quiere” (P. 113), el narrador extra-hetero diegético nos va a decir en el capítulo uno: “El viaje es ahora un hecho que surge de la nada y cuya materia no es más que cada instante que pasa.” (P. 63) De igual manera vemos en las ansias constante de correr del libertador un anhelo de huida. El relato mismo de la novela es, por una parte, el viaje físico de Simón Bolívar desde Honda hasta Bocas de Ceniza y por otra el viaje hacia su pasado por medio del delirio y la ensoñación, motivos estos que toman materialización en el fuerte símbolo de la ventana, pero esto sería motivo de otra reflexión. Es claro que el viaje articula y estructura una realidad profundamente simbólica dentro de la obra y al mismo tiempo la pone a dialogar con la tradición. Sin embargo, el viaje en tanto arquetipo encuentra su concreción en una serie de símbolos y estos a su vez pueden agruparse en dos grandes conjuntos que funcionan como constructos narrativos, acaecidos en un tiempo y un espacio determinados dentro de la obra; lo anterior nos lleva a definir nuestra noción de símbolo y a formar estos grupos según la categoría que Bajtín denominó cronotopo.

Comencemos citando al ruso: “En el cronotopo artístico tiene lugar la unión de los elementos espaciales y temporales en un todo inteligible y concreto. El tiempo se condensa aquí, se comprime se convierte en visible… y el espacio a su vez se intensifica, penetra en el argumento del tiempo, del argumento, de la historia.”[3] Esto es, que en el concepto de cronotopo se unen las dimensiones de la temporalidad y la espacialidad del relato, así, dentro de las narraciones existen elementos o circunstancias en que se unen el tiempo y el espacio constituyéndose en nodos desencadenantes de significaciones o del relatar mismo.

Dentro de “La ceniza del libertador” y con respecto al viaje como arquetipo podemos identificar dos grandes cronotopos. El primero de ellos el cronotopo del VAPOR, es esta embarcación, mezcla entre vapor y champán en el que se desarrolla toda la obra; así se nos describe este navío híbrido:

… les fue entregado un champán aventajado de tamaño, aunque visiblemente inapropiado para la categoría del huésped. Sin embargo a ese champán le fueron abiertas tantas ventanas y puertas como se estimó necesario. Se forraron en zaraza sus interiores para transformarlo en algo parecido a un ropero. También se alfombraron algunos reservados improvisados, se instalaron mesas y asientos tanto en el comedor, como en pequeñas salas y recintos íntimos y, finalmente, se adecuaron tanto una caldera de regular potencia como dos chimeneas elevadas, hasta obrara el milagro de convertir un simple champán en una embarcación a vapor… En la proa su puso la rueda giratoria y atrás, colgando en la popa, el ancla de hierro. Todo un mes largo se debió emplear en aquella misteriosa metamorfosis. (P. 60.)

Pero esto solo es la parte de abajo, arriba, entre pus y papel, entre música de contradanzas y rumores de conspiración viaja la tripulación. Es este vapor la patria misma que viaja metamorfoseada; arriba los colegiales de San Bartolomé bailando y abajo el Libertador hacia su exilio final, su muerte.

El otro gran cronotopo es el RÍO, enorme metáfora de la existencia misma que viaja hacia su final. En el río grande de La Magdalena, Bolívar se reencontrará con su pasado personificado en múltiples conocidos. En ese mismo cauce vera los restos del Libertador que encalló a mitad de su viaje en un promontorio e irá perdiendo sus certidumbres a medida que desciende. “Avanzo por el río rodeado de enigmas, ciego. Voy, pues, en manos de la suerte.” (P. 272.) Escribe el 20 de mayo al personaje de Uldarico quien le ha escrito una carta.

Sin embargo estos cronotopos, como dijimos, agrupan algunos símbolos y en esa medida es menester para que comprendamos mejor el arquetipo del viaje como elemento ordenador del relato que desagreguemos cada uno de los primeros, no sin antes y para traer agua a nuestro molino, haber definido de manera clara lo que entendemos por símbolo. A mediados del siglo pasado algunos estudiosos van a proponer el paradigma de la mito-crítica para la investigación en el campo de la cultura. Uno de ellos, el profesor Gilbert Durand, se ocupará de manera especial del concepto de símbolo; es desde la teorización del académico francés de donde tomaremos algunas definiciones. Él nos dice que “el símbolo, como la alegoría, conduce lo sensible de lo representado a lo significado, pero además, por la naturaleza misma del significado inaccesible, es epifanía, es decir, aparición de lo inefable por el significante y en él.”[4] Y Cassirer citado por Durand nos dirá que “un signo es una parte del mundo físico del ente; un símbolo es una parte del mundo humano de la significación.”[5] Lo anterior nos deja entender como el símbolo por su misma naturaleza no solo nos significa sino que nos abre puertas de sentidos otros con respecto a nuestra realidad, es epifanía, además de ser algo característicamente humano, en la medida en que solo los humanos tenemos posibilidad de significación.

Volvamos a traer los cronotopos. Diremos que el primero de ellos, EL VAPOR, se encuentra articulado por tres grandes símbolos. En primera medida la ceguera. Recordemos que la tripulación ha contraído una grave enfermedad de los ojos, cuando el ayudante del capitán se retira la mano de los ojos el narrador nos dice: “Rotos, estoraque en la cuenca de los ojos, ventanas vacías, despobladas de toda soberbia, de toda imagen en el espejo, de cuanta ruina.” (P. 351.) El capitán nos recuerda a Caronte en la medida que también sufre del mismo mal y guía la nave hacia el averno.

Por otro lado tenemos la situación – símbolo, bastante bachelardiano, del arriba y el abajo. Como ya se dijo el vapor representa la nación, en la parte superior parece que no solo viaja la tripulación sino también los leguleyos de la patria, aquellos que le habían arrebatado la gloria al Libertador, los niños de San Bartolomé; el mismo Bolívar exclamará: “-¡Abogado a bordo! ¡Abogado a bordo! ¡Como si este miserable vapor fuese la misma patria!” (P. 105.) Abajo irán los acompañantes del Caballero de Colombia y él mismo muriéndose, nada más representativo de esta situación que el mantel sudario que cada vez que comen aparece lleno de rotos. El último símbolo, y si se quiere hipotexto, con el que se relaciona este cronotopo del vapor es el de la nave de los tontos, stultifera navis, la obra satírica y moralista publicada en 1494 por el teólogo Sebastián Brant. El vapor, como la nave del alsaciano, es igualmente una colección de tipos: el coronel Santana un militar mal oliente que solo con moverse enrarece el aire, el cocinero negro con ojos de diferente color, un abogado que aparece en bata roja y un bicho raro que viene del futuro y toma cerveza, así como la lista de personajes que acuden a la citas febriles de su Excelencia.

El otro cronotopo, el del RÍO también lo podemos caracterizar en tres símbolos. Una primera instancia es el viaje por el río hacia el infierno, el libertador viaja al encuentro con la muerte, por esto su barquero, como se planteó, es ciego, por esto le han arrebatado su gloría: “¡Mi gloría, mi gloria! ¿Porqué la destruyen?” (P. 69.) Murmurará en sus delirios. La otra realidad simbólica es su ansiedad por llegar al océano que como sabemos es el lugar de los muertos. El libertador quiere vomitar; nos dirá el narrador: “Su Excelencia va camino de la mar. Solo desea la mar, el olvido que el hastío busca, el brillo del vidrio adentro, la casa en orden y el vómito.” (P. 59.) Pero Bolívar quiere vomitar atrabilis, no otra cosa. Recuerde el lector que este líquido negruzco solo se segrega después de muerto, es decir, el libertador es consciente de su viaje al océano a morir.

Finalmente encontramos el río como gran símbolo heracliteano, ya lo mencionábamos al referir la entrevista que el profesor Orlando Mejía le realizará al escritor y la consideración del viaje, por el autor, como metáfora perfecta de la vida. Pues bien, el río es la existencia, el protagonista de la novela nos hablará “de esa corriente que llaman la vida” (P. 384.) Bolívar a medida que el viaje transcurre irá envejeciendo como en su vida misma, el narrador al final del capítulo dieciocho afirmará: “La cabeza de Su Excelencia es ahora más blanca que al comienzo del viaje.” (P. 236.) El río grande de La Magdalena es ante todo el gran símbolo del viaje de la existencia del libertador hacia su fin.

Nos damos cuenta como estos dos cronotopos, el del VAPOR y el del RÍO se unen para configurar todo el relato de Cruz Kronfly, uniendo en un solo constructo, historia, destino, viaje, existencia; en el capítulo nueve leemos:

Una gran franja anaranjada se insinúa en el oriente, rayón de luz como de frutas que chorrean, lámpara de todos los días. Es que termina la primera noche a bordo. Noche misteriosa, confusa, borrón sin límite entre lo verdadero y lo soñado. ¿Acaso lo soñado no es también lo verdadero? Quizás, si, cierto, señor. Pero las máquinas que braman en la bodega, la rueda de aspas que gira en la proa no son cosas soñadas señor. Son mecanismos verdaderos que empujan el navío, que lo arrastran con su cascarón hacia su destino. (P. 137)

Pero esta unidad solo se logra mediante el símbolo y su fuerza semántica y heurística. En la medida en que el símbolo como parte del rito sirve como mecanismo de actualización de nuestros mitos. Como nos lo dice el profesor Fabio Martínez con respecto a la cita anterior: “Así, la imagen de la barca de Caronte vuelve a aparecer en la rueda de la historia, pero esta vez ya no entre los griegos, los etruscos, los bretones o los hindúes sino en el corazón de nuestra cultura.”[6] Rueda de la historia, Caronte, etc. Todos mitos y símbolos de nuestra cultura occidental.

Pero el viaje del libertador es, igualmente, el viaje hacia el exilio. Los señoritos del colegio de San Bartolomé lo habían despojado de su gloria liderados por Santander. Bolívar, afligido e indignado se dispone a partir de la patria hacia Jamaica o Francia. El caballero de Colombia parte hacia el exilio, mitad provocado, mitad auto impuesto. Dentro de la obra esta condición del ostracismo se encuentra en estrecha relación con el símbolo de la ceguera que anteriormente habíamos comentado dentro del cronotopo del vapor. Barco, ceguera y viaje se unen cuando el tripulante, Florentino, abre la pequeña ventana y en medio del diálogo afirma: “… el curso del viaje es más veloz que el curso de la enfermedad.” (P.352.)

Esto lo dice con respecto a la enfermedad que está minando los ojos de toda la tripulación. La condición del ciego y del exiliado es bastante parecida en la medida en que ambos se encuentran en una situación de extrañamiento con respecto a su entorno vital. En occidente estas condiciones se han visto igualmente desde un prisma poético. El argentino Luis Alberto Ambroggio, en su libro “El exilio como condición poética” nos dice: “Ser poeta es estar lejos, lejos incluso de uno mismo. Como la ceguera – atribuida o real – de los poetas antiguos, el exilio, en su más amplio sentido, permite al poeta despegarse de la realidad, desterrarse, para entrar en el corazón de las cosas, recrearlas y solo así expresarlas con devoción.”[7]

Los símbolos hasta aquí comentados constituyen, si se los sigue dentro de la obra, una posibilidad epifánica de lectura, en la medida en que nos abren puertas de sentido, así como nuevos caminos hermenéuticos para un primer acercamiento al texto o si se quiere una relectura de “La ceniza del Libertador” de Fernando Cruz Kronfly. Desde ellos podemos propiciar diálogos entre la obra y la tradición, entre la novela y la cultura, entre otras lecturas[8] y la propia o simplemente entre esta gran narración y nuestra condición humana.

Para finalizar, solo nos resta decir que el gran símbolo de la obra es Bolívar, en él se aúnan la gloria y la desesperanza, el triunfo y la desgracia. El libertador de la novela de Kronfly, es, en suma, la materialización poética de lo paradójico de la existencia humana. El mismo autor afirma que, “La ceniza del libertador, aunque sea una novela sobre Bolívar, es mucho más una novela a través de Bolívar.” Al de leer de manera “agónica” esta novela queda en el aire la inquietante certidumbre de que toda conquista es, de igual manera, el relato de una gran nostalgia.

C.C.B.



[1] CHEVALIER, Jean. Diccionario de los símbolos. Editorial Herder. Barcelona, 1988. P. 20.

[2] CRUZ KRONFLY, Fernando. La ceniza del libertador. Editorial universidad de Caldas. Manizales, 2008. P. 57. En adelante todas las citas sobre esta obra serán tomadas de la misma edición.

[3] BAJTÍN, Mijaíl. Teoría y estética de la novela. Editorial Gredos. Barcelona 1988. P. 120.

[4] DURAND, Gilbert. La imaginación simbólica. Amarrortu editores. Buenos Aires, 2000. P. 14.

[5] IBID. P. 9.

[6] MARTINEZ, Fabio. El viajero y la memoria. Editorial Universidad del Valle. Cali 2005. P. 192.

[7] Citado por: PINEDA BOTERO, Álvaro. En: la esfera inconclusa: novela colombiana en el ámbito global. Universidad de Antioquia. Medellín, 2006. P. 21.

[8] Por otras lecturas entiéndanse teoría y crítica especializadas.

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